sábado, 27 de junio de 2009

Puede que nuestra memoria abarque más que la de los peces, pero la diferecia entre una buena noche y una mala la marcan los minutos finales.

lunes, 8 de junio de 2009

Puedes ser lo que tú quieras

Llegando a la altura de la puerta de El Corte Inglés más cercana a la universidad, la que es separada de un Massimo Dutti por una especie de semi-callejón que apesta a pescado, justo pasando por el buzón verde situado al lado del semáforo del paso de peatones le vi acercarse. Les vi acercarse más bien, aunque indudablemente me fijara primero en él. Deformaciones sociales imagino, los lisiados, los vagabundos, los enfermos de todo tipo, los desfavorecidos en fin, son como bengalas rojas derramando chispas entre un montón de blanca nieve. Un neón incombustible. Siempre llaman nuestra atención por encima de cualquier otro elemento del paisaje. Venían los dos acercándose en dirección opuesta a la mía, avanzando en paralelo al escaparate que, por otro lado, ignoraban completamente. Eran un hombre y una mujer. El hombre era un anciano, de unos sesenta años (¿cuenta eso hoy todavía como anciano?) y tenía aspecto descuidado. Pelo blanco, cortado a ras de sien, pegado a la cabeza. Plateado, un gris limpio que, no sé por qué, encuentro favorecedor. Quizá porque implica que su portador ha vencido definitivamente y para siempre a la calvicie (Las canas jamás se caen, pelo que se vuelve canoso, pelo que aguanta hasta el último día). Tenía una barba de cuatro o cinco días, pelos cortos pero puntiagudos que le recorrían sobre todo la barbilla y brillaban al sol. Tenía cara de malas pulgas, quizá por el hecho de que iba en silla de ruedas, y además ésta no parecía de las cómodas. LLevaba un chándal negro de ese tejido brillante que utilizan los chándales de cremallera (¿Nylon?) y llevaba calcetines blancos con zapatos negros. Los calcetines blancos y demás deslices suelen también llamar poderosamente mi atención. Zapatos feos, corbatas anudadas sin ningún cuidado. Ese era él, un tullido que había visto sin duda días mejores, y no me refiero sólo a los tiempos en los que no necesitaba de ese engendro mecánico motorizado para ir de A hasta B. Iba recostado sobre el lado derecho, como caído, con los pies también juntos y ladeados, más cerca de un extremo de la silla que del otro. El derecho, creo que era, sí. Parecía como un guiñapo que habían colocado indolentemente, sin que a él mismo le importara lo descuidado de su situación, ni fuera consciente de la triste impresión que causaba su figura. Con él iba una mujer que bien podía ser su mujer, su hija, o una cuidadora sudamericana. No lo sé, porque no me fijé más que en él, como ya he dicho. Eso sí, no era de bonita figura y llevaba una camiseta azul y pantalones, esta vez de algodón, grises. Supongo que eso descarta la opción de la amante esposa, ahora que lo pienso. El caso es que venía de frente hacia mí, con cara de pocos amigos, sin intención de apartarse, cerrándome cada vez más el paso a medida que yo sorteaba el monstruoso buzón. El muy desgraciado (eso pensé en ese momento de él, no es bonito, no está bien, pero parecía querer empalarme por alguna ofensa imaginaria, quizá el hecho de que yo conservara fluidez de movimientos y no me hubiera apartado lo suficiente) comenzó a girar su silla nada más llegar a su extremo cercano de buzón, justo cuando yo alcanzaba el mío, para situarse de frente al paso de cebra, lo que me obligó a casi saltar por su lado, dando una zancada decidida pero apresurada, sin saber bien dónde pondría el pie ni cómo, ante la posibilidad de verme atrapado entre su avance decidido al borde de la calzada y el buzón que marcaba el límite de mi huída.
Y fue ahí, en ese justo momento, nada más aterrizar al otro lado y empezar a mentar a su madre imaginariamente, cuando aquel hombre que yo estaba empezando a detestar por su intento de atropello (vale, puede que tuviera que haberme apartado antes y mejor), situado ya a su espalda pero lo suficientemente cerca cómo para oir su voz, un gruñido gutural quedo y contenido, cuando lo dijo.
Dijo: Joder, cómo echo de menos mear de pie.
Ahí estaba yo, quejándome interiormente porque ese hombre me había atacado imperceptiblemente, recordando sus ojos y la media sonrisa torcida que se permitió sólo cuando vio mi difcultad para esquivarle. "Jódete". Y ahí estaba él, un inválido con pinta de vagabundo, con la mirada perdida y de vuelta de todo (de sabe Dios cuánto y dónde), que no parecía tener ninguna prisa por llegar a cual fuera el lugar al que se dirigía y que, probablemente, estaba harto de su vida, echando de menos mear de pie.
De entre todas las cosas del mundo que ese hombre podría hacer si no le fallaran las piernas, si no estuviera limitado a la tiranía de una silla de ruedas incómoda y pintada de un feo verde estilo barandilla andaluza-comunidad de vecinas abuelas, y él pensando en lo feliz que le haría mear de pie, sin tener que hacer ese molesto traslado de su silla a la taza del váter de minusválidos, que parece preparada para entrenar barra fija mientras dejas que la naturaleza siga su curso y limpie tu organismo, tan aparatosa y poco estética. O quizá no era por la incomodidad, sino sólo por el aspecto masculino de estar ahí de pie, frente a la taza, probablemente sin haberte molestado en subir la tapa intermedia previamente, sujetándola y apuntando al centro pero sabiendo que, en el juego de azar que es mear de pie, el apuntar a veces no es garantía de nada. No sé.
Pero el caso es que eso era lo que él quería. No quería pasear por el parque. No quería jugar con un hipotético nieto o vecino o chiquillo familiar de algún conocido. No quería cruzar el paso de peatones con la cabeza un metro por encima del radiador de los coches. No quería nada de eso. Ni siquiera correr la San Silvestre cómo tantos valientes y arrojados ancianos que, por otro lado, llegaron mucho más lejos que yo aquella vez que me propuse correrla y tuve que retirarme avergonzado y desfallecido. De entre todas las maravillas que le ofrece el mundo a todo ser en plenas facultades móviles, él extrañaba ese pequeño placer cotidiano. Nada grandilocuente, nada especial. Algo ordinario ("Adj. Común, habitual, frecuente" no "Adj. De mal gusto, poco refinado", que también) corriente, insignificante. Una acción que millones de hombres realizan a diario, más de una y de dos veces, y que resulta la mayoría de ellas tediosa y molesta. Un incordio, una pérdida de tiempo. Pero, por otro lado, un pequeño placer que la vida nos ofrece cada día. Por lo menos para aquel anciano malhumorado.
No pude evitar dejar escapar una carcajada tras escuchar aquella perla de sabiduría, a la vez que me recorría un latigazo de amargura y pena la espina dorsal, por la tristeza implícita en ese anhelo de algo tan, a primera vista, nimio. Lo que me enseñó ese hombre, lo que me recordó, es que la vida está llena de pequeños momentos insignificantes, pequeños, que le dan sentido, que le dan forma, que la hacen lo que es. Mientras no nos vemos privados de ellos no los apreciamos, los damos por sentados. Así de insolentes somos. Buscamos grandes acontecimientos, que dejamos que den respuesta a esa pregunta que nos hacemos en la soledad de nuestra conciencia, "¿Soy feliz?". Queremos siempre más, algo más vistoso, más voluminoso. Algo espectacular. Pum. Flash. Ooooh. Queremos lo que nos enseñan en las películas, en los anuncios, en las revistas de decoración. Queremos ese coche, esa chica, esa cazadora, ese trabajo, ese montón de atractivos billetes. Si no la respuesta es no. No, no soy feliz.
Y mientras, en algunas esquinas sueltas del mundo, aparece algún emisario de dudoso aspecto, de expresión adusta y, a veces, no muy buenas intenciones que, sin ser consciente de ello, nos recuerda que la vida está repleta de pequeños gestos, pequeñas costumbres, pequeños detalles todos ellos de belleza sublime que merecen que nos tomemos una pausa y demos gracias por ellos con los ojos cerrados y una sonrisa. Dejándonos invadir por la inesperada y menospreciada transcendencia del momento.
Joder, cómo echo de menos mear de pie.
Creo que me acordaré de ese viejo cada vez que mee de pie a partir de hoy. Quizá termine olvidando su aspecto, su chándal, su sonrisa malévola o el color de ese buzón, pero no olvidaré su mensaje. Y disfrutaré con ello cada vez.
Con las dos cosas.

miércoles, 3 de junio de 2009

Has tenido que perder mucho en muchos rincones oscuros
para tener tan rota la sonrisa
para que esos ojos digan que has visto
el fin y el principio de las cosas.
Dime, ¿llevas el lamento implícito en la herida?
¿A qué huele tu olor cuando olvidas
sólo por un momento
todo ese dolor, todo ese sufrimiento
y vuelves a ser por un momento una niña?
Pero no es fácil no recordar ¿verdad?
Ni siquiera unas olas gigantes podrían borrarte la memoria
podrían callar los gritos en la noche
que tu cabeza recrea
porque después de tanto tiempo
no se hace al silencio de la madrugada
no se cree no seguir en el infierno.
Encuentra complicado perdonar a tu especie.
Tú has oído como rugen los leones al comienzo
mientras los bebés lloran desconsolados
sus cuerpecitos empapados de un miedo irracional
a nacer
mientras las figuras negras les escoltan desde el limbo
y tú intentas susurrarles que todo pasará
aunque a ti te duela cada nervio de cada músculo
cada gota de sangre en tus venas.
Aunque sepas que no es cierto, aunque mientas.
Pero no te oyen, y tú lloras con ellos.
¿Por qué sigues vagando por esos callejones?
Nadie nació nunca para sufrir tu calvario
pero no es tu estigma, ni tu cruz, no es tu destino.
Ni tu condena.
A ti, que se te ha quedado pequeña
esta mezquina porción de tierra, después de todo
sólo te espera la luz, el blanco cálido tras cerrar los ojos
y luego el cielo. El cielo. El cielo...El cielo.

lunes, 1 de junio de 2009

Hay gente que vive su vida por una razón muy concreta, o varias, que le dan sentido.
Yo vivo esperando encontrar mi propósito y, mientras tanto, vivo.

jueves, 21 de mayo de 2009

Una canción del pasado

Hay un viejo borracho sentado en el último de los taburetes que conforman esa línea de banquetas que marca la frontera entre el mundo real y el mundo de los abandonados. Está bebiendo una suerte de whisky malo, de un marrón más oscuro de lo que marcan los cánones, como todos los dias. No es dificil imaginar, al entrar por la puerta del tugurio que bien podría llamar hogar, que lo siguiente que se verá será su indolente figura, recortada tras una nube de tabaco barato que es la verdadera dueña del local. Dicen que nunca se quita esas gafas de sol, de cristales oscuros, de esquiar. No se las quita ni siquiera para beber en el bar, dónde la oscuridad, la penumbra y la sombra son ya de por sí casi asfixianes. Tanto las reales como las que traen los perdedores que van allí a beber mal por pocas monedas. Él, desde luego, lleva tanto tiempo bebiendo por rutina, tanto tanto tiempo que casi no recuerda el no hacerlo, que hace mucho que dejó de exigirle calidad a si bebida tanto como le exige grados de atenuación del dolor. Con 45 o más se siente más que satisfecho. Al whisky, como a la vida misma, ha aprendido a no pedirle más de lo estrictamente necesario. Sus gafas distorsionan su realidad; a decir verdad lo ve todo no oscuro, si no amarillo, amarillo ocre. Todo excepto algunos colores, algunas luces brillantes. Los semáforos en verde, por ejemplo, se le aparecen a él como un cierto azul débil y moribundo. A quién demonios le importan ya los colores, de todos modos. Porque a él desde luego no.
Hace mucho que ta no le importan demasiadas cosas. No está allí bebiendo para olvidar, eso ya no. Hace tiempo otro bebedor más experto que él le hizo entender que el alcohol nunca conseguirá hacerte olvidar, pero sí puede adormecerte, suprimir ciertas funciones de tu cerebro para que no puedas pensar con claridad, para que no puedas sentir con propiedad. Para que tus recuerdos no te hagan sufrir, si tienen que quedarse. Bendito alcohol. Bobby no quiere olvidar, sabe que no puede, y olvidar la razón por la cual es fiel a su taburete tanto más de lo que lo fue antes a cualquier ser humano, sería negarse a sí mismo, a quien es ahora. No, él honra su desgracia, santifica su desgracia, celebra su desgracia hundiéndose cada día en esa niebla de nicotina y bebiendo hora tras hora, con la mirada perdida, contemplando el reflejo en un espejo de un hombre en tonos amarillos que no le devuelve la cortesía del saludo. Es lo menos que puede hacer, lo sabe en conciencia. No importa que no haya nada nunca en el fondo de la botella, ninguna sonrisa, ningún consuelo. Tan sólo la promesa de otra botella más. Pero eso es, a estas alturas, mucho más de lo que podría pensarse que merece.

miércoles, 20 de mayo de 2009

sábado, 9 de mayo de 2009

El regreso de las velas

La electricidad se está fugando
deserta, abandona nuestro hogar
escapa radialmente en dirección a las afueras
miles de millones de pequeñas estrellas que se llevan nuestra luz.
Nos deja a tientas en la oscuridad
oyendo los lamentos del cobre ahora vacío y frío
desnudo, sin sentido ni justificación.
Rodeados de una vasta negrura que lo envuelve todo
que lo ha engullido todo, hasta nuestra voz.
Nos deja a solas con nosotros.
Y yo voy a tocarte todo el tiempo que dure
esta noche impuesta
voy a palpar tus rasgos, acariciar tu boca,
voy a recorrer tus clavículas con las yemas de mis dedos
tus hombros
voy a encontrar tu ombligo, oler tu piel.
Quiero hacer trabajar a mis sentidos,
es la oportunidad de reconocernos
de volver a conocernos. Como la primera vez.
No hacen falta nombres, adjetivos, direcciones
sólo necesitamos nuestras manos, nuestros cuerpos, ganas
de empezar de cero.
Sin televisión, sin lavadora, sin distracciones
sólo esta opacidad eterna, medieval
que no entiende de interruptores ni estratagemas.
Tú y yo. Bautizándonos con la pantalla fundida en negro.
La electricidad, su ausencia, nos brinda
la oportunidad de enamorarnos de nuevo.

lunes, 4 de mayo de 2009

Vicios y pruebas innecesarias

"¿Qué tal, que haces tú por aquí a estas horas?¿De donde vienes?"
"Anda hola...Pues me pillas volviendo a casa. Vengo de hacer una visita turística por la ciudad, se la estaba enseñando a una chica muy guapa, a la novia de otro. No había visto la catedral y no podía permitirlo, no había recorrido Sierpes ni había visto dónde ponen los Palcos en Semana Santa, no había paseado por la carrera oficial ni nadie le había dicho cómo se siente uno al entrar en la catedral de madrugada, cuando no hay nadie más que tú y tus hermanos, y lo único que alumbra ese vasto juego de arcos son las luces de los cirios que portamos y cuya llama retumba con la voz de las oraciones del Hermano Mayor, temblando pero sin llegar a apagarse nunca. Sabes lo que me gusta pasear por estas calles, más si es con alguien interesante, más si está amaneciendo por detras de los edificios y las calles están desiertas esperando a que nosotros las justifiquemos, sabes lo que me gusta arrancar una sonrisa a una desconocida y el enfermizo placer que siento al enamorarme de ella durante ese paseo que compartimos juntos y saborear la amargura de saber que ni es ni será mía más que nada porque no le interesa. Luego la he visto marchar, he metido las manos en los bolsillos y he venido paseando hasta aquí pensando en ella y sonriendo al darme cuenta de lo ridiculo que resulto a veces"
"Vaya...y,¿ qué tal estas ahora?"
"Bueno, ya sabes. Bien. No es la primera vez y... es una ciudad tan bonita."
Tengo la forma de un banco del parque,
el contorno de un espejo que contempla mejillas
delineadas de lágrimas ajenas.
Soy la almohada que utilizas para amortiguar los gritos
en la oscuridad de tu casa cuando todos los demás duermen.
Soy el guía turístico que muestra a las mujeres ya ocupadas
los encantos de las ciudades con magia,
el que se queda mirando cómo se alejan
escoltadas sólo por el amanecer
mientras yo aprieto los dientes y retuerzo los dedos de mis manos
que rebuscan en mis bolsillos algo que decir para que vuelvan.
El mejor amigo que duerme solo arrugando unas sabanas desiertas
habitadas en todo caso por un silencio incierto.
Tengo la forma de ese hombre profundamente solo
rodeado de gente que no le dice nada.
Y al que ya no oyen.