Voy a levantar la copa para brindar por quien creí que eras
y luego voy a bebérmela de un trago
para olvidar lo que he descubierto.
martes, 2 de febrero de 2010
domingo, 31 de enero de 2010
El sexo de los ángeles
Aquella noche en la discoteca
una aparición maldita.
Tu cara...
Estaba allí pero también en otra parte,
un holograma de un cuerpo
que habitaba otro país, otro planeta
a muchos rios y estrellas de distancia.
Y, sin embargo, tus ojos
decían claramente "no" como si tú
tu verdadero tú y no aquel espectro
me los susurrara al oido entre el estruendo
y no sólo deslizara en él palabras
si no veneno también
que habría de matarme desde esa madrugada
hasta hoy, para seguir haciéndolo mañana
y después, mucho después.
Dulce y miserable veneno
¿por qué no pudo tu boca al menos
deslizarlo mejor sobre mis labios?
Tu nombre no lo dice pero
hueles a todo lo que he querido oler alguna vez
y a muerte.
una aparición maldita.
Tu cara...
Estaba allí pero también en otra parte,
un holograma de un cuerpo
que habitaba otro país, otro planeta
a muchos rios y estrellas de distancia.
Y, sin embargo, tus ojos
decían claramente "no" como si tú
tu verdadero tú y no aquel espectro
me los susurrara al oido entre el estruendo
y no sólo deslizara en él palabras
si no veneno también
que habría de matarme desde esa madrugada
hasta hoy, para seguir haciéndolo mañana
y después, mucho después.
Dulce y miserable veneno
¿por qué no pudo tu boca al menos
deslizarlo mejor sobre mis labios?
Tu nombre no lo dice pero
hueles a todo lo que he querido oler alguna vez
y a muerte.
Entregamos a los muchachos algunos caballos
y ellos nos los cambiaron por violaciones.
Se oyeron muchos gritos en los pajares
aquella noche de fiesta en el pueblo
aún por encima de todos los aparatos de televisión
que a la misma hora sintonizaban el mismo programa
de humor, coristas y variedades
del cual las abuelas aprendieron
que hay mal, sí, mal, gente mala
habitando allá afuera, el mundo y sus alrededores.
Quisimos luego apaciguarlos con flores;
ellos encontraron divertido entonces
mostrarnos lo que ellos llamaban “cohetes”.
Fue de noche durante tres años y un par de horas
y luego nunca volvió a alumbrar el sol
como hacía antes sobre los maizales.
Los perros callejeros lloraban cuando sabían
que se acercaban a lo lejos en sus ruidosas camionetas
y abandonaban los caminos polvorientos
el rabo entre las piernas y gachas las orejas.
Los gatos negros querían pasar desapercibidos
haciéndose los muertos sobre los tejados
los de zinc y los de tejas.
Lunas de miel navegando sobre el río
rojo de la sangre del ganado
alejándose
a contracorriente para nunca volver
a aquel rincón del mundo
que ya no parecía el suyo.
Tú, yo, él,
nosotros vosotros ellos
escuchando sus canciones sobre jovencitas
de ligeras costumbres reunidos y temblando
de miedo, rabia y deseo junto a los transistores.
¡Ah, aquellos chicos de ciudad y sus juguetes!
¡Aquellos muchachos y sus pistolas!
¡Aquel verano sofocante en el campo!
Aquella dichosa guerra, aquellos niños
que luego tuvieron más niños
y más niños
y que nos enseñaron tantas cosas nuevas.
Aquella última cosecha…
y ellos nos los cambiaron por violaciones.
Se oyeron muchos gritos en los pajares
aquella noche de fiesta en el pueblo
aún por encima de todos los aparatos de televisión
que a la misma hora sintonizaban el mismo programa
de humor, coristas y variedades
del cual las abuelas aprendieron
que hay mal, sí, mal, gente mala
habitando allá afuera, el mundo y sus alrededores.
Quisimos luego apaciguarlos con flores;
ellos encontraron divertido entonces
mostrarnos lo que ellos llamaban “cohetes”.
Fue de noche durante tres años y un par de horas
y luego nunca volvió a alumbrar el sol
como hacía antes sobre los maizales.
Los perros callejeros lloraban cuando sabían
que se acercaban a lo lejos en sus ruidosas camionetas
y abandonaban los caminos polvorientos
el rabo entre las piernas y gachas las orejas.
Los gatos negros querían pasar desapercibidos
haciéndose los muertos sobre los tejados
los de zinc y los de tejas.
Lunas de miel navegando sobre el río
rojo de la sangre del ganado
alejándose
a contracorriente para nunca volver
a aquel rincón del mundo
que ya no parecía el suyo.
Tú, yo, él,
nosotros vosotros ellos
escuchando sus canciones sobre jovencitas
de ligeras costumbres reunidos y temblando
de miedo, rabia y deseo junto a los transistores.
¡Ah, aquellos chicos de ciudad y sus juguetes!
¡Aquellos muchachos y sus pistolas!
¡Aquel verano sofocante en el campo!
Aquella dichosa guerra, aquellos niños
que luego tuvieron más niños
y más niños
y que nos enseñaron tantas cosas nuevas.
Aquella última cosecha…
sábado, 30 de enero de 2010
Tyler Durden was right
Mi educación fue tradicional, me enseñaron a creer en Dios. Yo fui fiel a esas creencias e intenté comportarme como se esperaba de mí. Hablaba con Él por las noches. Rezaba mis oraciones, me preguntaba ¿qué haría Jesús? cuando no podía distinguir con claridad lo que estaba bien y lo que no. Esperaba señales, le buscaba en los pequeños detalles. Creí ver su mano detrás de ciertas casualidades que me condujeron por ciertos caminos. Le amaba e intuía que Él me amaba a mi.
Sin embargo, los años de mi niñez pasaron más rápido de lo que en realidad deberían haber hecho. No fue sólo para mí. Todo lo que me rodeaba avanzó más rápido de lo establecido, más de lo que podían controlar los mayores. Me vi arrojado a un mundo distinto del cual se suponía que me esperaba y nadie me preparó para ello. No fue culpa mía.
La tecnología me proporcionaba nuevos y cada vez más poderosos ídolos que, poco a poco, fueron matando la idea que yo tenía de Dios. Le suplantaron, ya no tenía tiempo para Él. La televisión ocupaba casi todo mi tiempo. Ella podía mostrarme todo lo que yo quería ver- aunque ni siquiera yo lo supiera- y todo lo que necesitaba conocer. No había nada fuera de aquella caja de pantalla combada y recubierta de madera que yo pudiera necesitar. Todo estaba en ella, allí dentro, en estéreo. Dios no lo vio venir, nunca le puso límites al cátodo. Yo ya casi no me acordaba de qué era lo que pedía antes de acostarme.
Luego vinieron otros, y cada uno fue más impredecible, más bello, magnífico y terrible a la vez. Nadie los esperaba. Internet doblegó totalmente mi voluntad. Allí, ahora sí, estaba todo lo que yo podía necesitar. Allí dentro- ¿allí dónde?¿Dónde era allí?- estaba absolutamente TODO. Internet, por ejemplo, me mostró los placeres de la carne, me enseñó la forma y las virtudes de los pechos de las mujeres, me enseñó qué había que hacer y cómo había que hacerlo y me ayudó a decidir qué era lo que yo deseaba que me fuera hecho. Desató mi ansía de autosatisfacerme. Un apetito voraz e incontrolable, casi enfermizo.
También me proporcionó otras facilidades complementarias; letras de canciones, soluciones rápidas a faltas de información puntuales. Películas gratis, canciones gratis. Más pornografía.
Pero cada vez que aparecía una nueva deidad, otro amo más al cual consagrarme en una esclavitud casi rogada, ciega, menos era dueño de mí mismo y más y más necesitaba. Necesitaba cosas que antes no. Ampliaron el campo de lo realmente necesario: respirar, dormir, alimentarse y evacuar.
No lo sabía pero estaba perdido. Yo, mi antiguo Yo, quién Yo era, ya no era mío. Yo no me pertenecía.
Y entonces llegó el último de ellos, el más temible, el más implacable. El peor.
La BlackBerry me permite estar conectado a todas horas. Conectado en el peor de los sentidos. Conectado a todos Ellos, a todos los tiranos que fui colocando sobre las estanterías, sobre el mueble del comedor, sobre la encimera de la cocina, sobre la mesa de mi cuarto. En todas partes, en cada esquina. A la Televisión, a Internet, a los otros, a mis semejantes. A todas horas.
Mi BlackBerry tiene un indicador luminoso, una minúscula bombillita roja que parpadea cada vez que he recibido un email, un mensaje, una llamada perdida, cada vez que alguien ha entablado una conversación conmigo a través del Messenger. No sé, no sé que haría sin ella. No me había dado cuenta de cuánto la necesitaba.
Mi BlackBerry tiene una luz roja que parpadea cada vez que alguien quiere ponerse en contacto conmigo y lo único que yo hago es quedarme mirándola cada cinco segundos.
Espero nervioso, sudando por las palmas de mis manos- que se mueren por sostenerla y contestar- a que brille. No puedo evitarlo, espero. No hago otra cosa. La miro.
Pero tú nunca me escribes ni un email, ni un mensaje, ni me llamas ni inicias una conversación comigo a través del Messenger. Nunca me escribes al Tuenti ni al Facebook.
Todas estas mierdas que facilitan de este modo el contacto entre dos personas sólo sirven para que me retuerza por dentro preguntándome cómo puede ser que, siendo tan fácil y cómodo, puedas no acordarte de mí en absoluto.
Sin embargo, los años de mi niñez pasaron más rápido de lo que en realidad deberían haber hecho. No fue sólo para mí. Todo lo que me rodeaba avanzó más rápido de lo establecido, más de lo que podían controlar los mayores. Me vi arrojado a un mundo distinto del cual se suponía que me esperaba y nadie me preparó para ello. No fue culpa mía.
La tecnología me proporcionaba nuevos y cada vez más poderosos ídolos que, poco a poco, fueron matando la idea que yo tenía de Dios. Le suplantaron, ya no tenía tiempo para Él. La televisión ocupaba casi todo mi tiempo. Ella podía mostrarme todo lo que yo quería ver- aunque ni siquiera yo lo supiera- y todo lo que necesitaba conocer. No había nada fuera de aquella caja de pantalla combada y recubierta de madera que yo pudiera necesitar. Todo estaba en ella, allí dentro, en estéreo. Dios no lo vio venir, nunca le puso límites al cátodo. Yo ya casi no me acordaba de qué era lo que pedía antes de acostarme.
Luego vinieron otros, y cada uno fue más impredecible, más bello, magnífico y terrible a la vez. Nadie los esperaba. Internet doblegó totalmente mi voluntad. Allí, ahora sí, estaba todo lo que yo podía necesitar. Allí dentro- ¿allí dónde?¿Dónde era allí?- estaba absolutamente TODO. Internet, por ejemplo, me mostró los placeres de la carne, me enseñó la forma y las virtudes de los pechos de las mujeres, me enseñó qué había que hacer y cómo había que hacerlo y me ayudó a decidir qué era lo que yo deseaba que me fuera hecho. Desató mi ansía de autosatisfacerme. Un apetito voraz e incontrolable, casi enfermizo.
También me proporcionó otras facilidades complementarias; letras de canciones, soluciones rápidas a faltas de información puntuales. Películas gratis, canciones gratis. Más pornografía.
Pero cada vez que aparecía una nueva deidad, otro amo más al cual consagrarme en una esclavitud casi rogada, ciega, menos era dueño de mí mismo y más y más necesitaba. Necesitaba cosas que antes no. Ampliaron el campo de lo realmente necesario: respirar, dormir, alimentarse y evacuar.
No lo sabía pero estaba perdido. Yo, mi antiguo Yo, quién Yo era, ya no era mío. Yo no me pertenecía.
Y entonces llegó el último de ellos, el más temible, el más implacable. El peor.
La BlackBerry me permite estar conectado a todas horas. Conectado en el peor de los sentidos. Conectado a todos Ellos, a todos los tiranos que fui colocando sobre las estanterías, sobre el mueble del comedor, sobre la encimera de la cocina, sobre la mesa de mi cuarto. En todas partes, en cada esquina. A la Televisión, a Internet, a los otros, a mis semejantes. A todas horas.
Mi BlackBerry tiene un indicador luminoso, una minúscula bombillita roja que parpadea cada vez que he recibido un email, un mensaje, una llamada perdida, cada vez que alguien ha entablado una conversación conmigo a través del Messenger. No sé, no sé que haría sin ella. No me había dado cuenta de cuánto la necesitaba.
Mi BlackBerry tiene una luz roja que parpadea cada vez que alguien quiere ponerse en contacto conmigo y lo único que yo hago es quedarme mirándola cada cinco segundos.
Espero nervioso, sudando por las palmas de mis manos- que se mueren por sostenerla y contestar- a que brille. No puedo evitarlo, espero. No hago otra cosa. La miro.
Pero tú nunca me escribes ni un email, ni un mensaje, ni me llamas ni inicias una conversación comigo a través del Messenger. Nunca me escribes al Tuenti ni al Facebook.
Todas estas mierdas que facilitan de este modo el contacto entre dos personas sólo sirven para que me retuerza por dentro preguntándome cómo puede ser que, siendo tan fácil y cómodo, puedas no acordarte de mí en absoluto.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Esto es un atraco, nena
De vez en cuando hay que robar, para poder estar un tiempo sin volver a hacerlo
Eso dijo la muy cabrona, casi riendo. Yo casi me rio también, porque la verdad es que lo dijo con gracia y sabía cómo sacar partido de su media sonrisa. Es más, por un momento casi me olvido de que al que estaba robando era a mí y me arranco a aplaudir.
Ella quiso que pareciera casi un accidente. Al fin y al cabo, me había tomado cierto cariño. Eso les pasa a veces a las mujeres, que me toman cariño. Uno de esos aprecios sexualmente inofensivos que se suele sentir por cachorritos tullidos de grandes ojos de almendra o niños tristemente enfermos. La idea era casi como si al coger las llaves de encima de la mesa para meterselas en el bolsillo hubiera también cogido por error una esquina de mi corazón. Y, claro, al salir de casa, cerrar la puerta, meterse en el ascensor y bajar los 5 pisos todo ello con un trocito de él enganchado en el bolsillo, causó-sin querer, ¡sin querer!-un desgarro masivo que me lo partió en dos y posibilitó ese desangramiento salvaje que me dejó retorciéndome en el suelo de la cocina.
Eso es más o menos la imagen que ella quería transmitirme ahora. Todo fue un error, un lamentable-aunque ciertamente curiosos, ¿a que sí?, casi cómico-e inocente error. Y seguía sonriendo. Ahora me rio por lo bajo al recordarlo, qué buena era. Y qué sonrisa. No me extraña que me engañara, era complicado resistirse a ella. Joder, qué mujer, ¿lo he dicho ya?
Bueno, el caso es que ella seguía sonriendo y yo seguía dándole vueltas a la frase. Pensando hacia atrás, que es algo así como rebobinar sentimientos, recordé que ya desde los primeros días tenía esa extraña sensación-en inglés dicen funny, que mola mucho más-de que algo no iba bien. Como si en el fondo supiera que yo sólo era una relación de rebote o despecho-en inglés rebound-. Confié demasiado en mi inexistente poder sobre las mujeres para darle la vuelta a eso y poner a mi favor. Y dejé que me utilizara hasta que apareciera algo mejor, hasta que olvidara al otro o hasta que el otro volviera. Pensabaque quizá mi suerte cambiaría mañana, y me fui enredando en una madeja que no era la mía mientras me peleaba con ella y conmigo mismo. Y ella me iba robando poco a poco lo poco que tenía, mientras yo creía erroneamente que podríamos parar cuando yo quisiera. Lo intenté un par de veces y no tuve fuerzas. Y yo seguía vaciándome y ella seguía vaciándome. Alimentándose de mí.
Entonces, una fría mañana de Diciembre su socio salió al fin de la cárcel y yo ya no fui necesario nunca más. De todas formas ya no quedaba nada dentro de mí que ella pudiera arrebatarme para seguir tirando. Si acaso algo de furia, un poco de frustración y mucho eco.
Y la ví marchar, la vi huir hacia él, hacia otro cataclismo más o menos inminente. Todavía hoy no sé si de verdad está enamorada de él o es que es adicta al dolor que él le provoca. Casi siento lástima por ella. He dicho casi.
Fue cuando corrí tras ella para detenerla-yo creía que, pese a todo, aún podía salvarla y salvarme yo con ella-cuando en sus ojos vi una carcajada incrédula no exenta de cierta simpatía al sacar ella la pistola y contarme aquella teoría de la línea temporal de robos. Luego se encogió de hombros y se marchó con él. Su última mirada parecía querer decirme que me iba a echar de menos y todo. Y me dejó allí tirado, sin nada que llevarme conmigo de vuelta a casa, sin ni siquiera unas monedas para poder gastarlas en un bar brindando por quién creí que era ella.
Aún hoy la echo de menos, aún hoy me duele que las cosas no salieran como había planeado. Desde esta frontera en la que ahora paso los días mirando al infinito, esperando verla aparecer por el desierto arrastrando una maleta. Sé que ella podría humanizar este bar de carretera. Más que el juego que utilizó para aprovecharse de mí me duele que no esté aquí para abrazarme. Como si lo hubiera estado alguna vez, de todos modos...
Debo parecer un completo idiota, ¿verdad? Así me siento. Qué le vamos a hacer, conmigo fue una completa hija de puta, pero la chica tenía su encanto.
domingo, 22 de noviembre de 2009
¿Tú eres lo nuevo? Pregunto...
Dime qué es lo que quieres saber de mí
y qué no
para que me pueda inventar rápidamente lo que sí
y olvide el resto
porque tengo la antorcha escindiéndose en mi mano
lámiendose las llamas
deseándo quemar puentes viejos.
y qué no
para que me pueda inventar rápidamente lo que sí
y olvide el resto
porque tengo la antorcha escindiéndose en mi mano
lámiendose las llamas
deseándo quemar puentes viejos.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Te llaman por tu nombre pero
tu nombre no es más que una etiqueta.
Nadie te llama como en verdad te llamas
dentro de tí, donde nadie ve ni nadie sabe
donde eres tú en toda tu crudeza y no requieres
disfraces ni concesiones
ni de disculpas por enarbolar una bandera.
No pueden llamarte por el escalofrío
que recorre tu espalda cada vez que tus pies
entran en contacto con la acera.
Ni conocen de esas variables
que nunca ven la luz pero que tú contemplas
cada vez que empiezas a esgrimir un buenos días
y ves nacer en otros labios la respuesta.
Tampoco te definen esas normas de etiqueta
y pocos tienen poco más para juzgarte
si cada encuentro es un reflejo de una iniciativa
que se ve diluida al filtrarse entre las viejas reglas
y el espectáculo de un baile de aprobaciones.
Pero eres un ser humano
y vives en la función del veintiuno .
Eso significa que nadie te conoce más allá de tus facciones.
Tu soledad abarca todo aquello
que queda fuera del alcance de las convenciones.
tu nombre no es más que una etiqueta.
Nadie te llama como en verdad te llamas
dentro de tí, donde nadie ve ni nadie sabe
donde eres tú en toda tu crudeza y no requieres
disfraces ni concesiones
ni de disculpas por enarbolar una bandera.
No pueden llamarte por el escalofrío
que recorre tu espalda cada vez que tus pies
entran en contacto con la acera.
Ni conocen de esas variables
que nunca ven la luz pero que tú contemplas
cada vez que empiezas a esgrimir un buenos días
y ves nacer en otros labios la respuesta.
Tampoco te definen esas normas de etiqueta
y pocos tienen poco más para juzgarte
si cada encuentro es un reflejo de una iniciativa
que se ve diluida al filtrarse entre las viejas reglas
y el espectáculo de un baile de aprobaciones.
Pero eres un ser humano
y vives en la función del veintiuno .
Eso significa que nadie te conoce más allá de tus facciones.
Tu soledad abarca todo aquello
que queda fuera del alcance de las convenciones.
lunes, 24 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Niña mala
Puedo hacertelo ver, si es lo que deseas
puedo mostrartelo todo, todos los secretos.
Enseñarte la mano que se esconde detrás de la cortina
la encontrarás familiar, sosteniendo el boli.
¿Puedo hacertelo ver?
Tú sólo dime que anhelas a cambio de tu firma.
Véndeme tu alma y lo tendrás todo
no pienso negarte nada.
Te revelaré todos los misterios, descubriré las trampas
¿crees realmente que alguna vez estuvimos en la Luna?
Te invitaré a un concierto del Rey, actúa para mí
todas las noches desde hace décadas.
No te asustes si reconoces a Walt Disney
sentado con un alienígena tomándose una copa.
Te ofrezco arrasar poblados enteros, inundar valles
derribar montañas, retumbar los cimientos de la Tierra.
Siempre que sea eso lo que quieres.
Elige a dedo, por todas las calles del mundo, ciudadanos
que desees que caigan fulminados entre terribles dolores
señalame a tu político favorito y aparecerá travestido
en el primer boletín de noticias de mañana.
Iremos a visitar a tu viejo profesor de matemáticas
le dibujaremos de ceros todo el cuerpo
violaremos a ese matón del patio que quiso propasarse
le disfrazaremos de piñata y le daremos palos hasta que reviente.
Nena, cariño, no paro de pensar en ello, estás hecha para mi
estás fabricada para esto, me lo ha dicho el Destino.
Ese fuego malévolo en tus ojos, retorcido.
Vamos, hazlo, firma. Llevo esperándote más de una vida,
necesito una Reina con la que gobernar este infierno.
puedo mostrartelo todo, todos los secretos.
Enseñarte la mano que se esconde detrás de la cortina
la encontrarás familiar, sosteniendo el boli.
¿Puedo hacertelo ver?
Tú sólo dime que anhelas a cambio de tu firma.
Véndeme tu alma y lo tendrás todo
no pienso negarte nada.
Te revelaré todos los misterios, descubriré las trampas
¿crees realmente que alguna vez estuvimos en la Luna?
Te invitaré a un concierto del Rey, actúa para mí
todas las noches desde hace décadas.
No te asustes si reconoces a Walt Disney
sentado con un alienígena tomándose una copa.
Te ofrezco arrasar poblados enteros, inundar valles
derribar montañas, retumbar los cimientos de la Tierra.
Siempre que sea eso lo que quieres.
Elige a dedo, por todas las calles del mundo, ciudadanos
que desees que caigan fulminados entre terribles dolores
señalame a tu político favorito y aparecerá travestido
en el primer boletín de noticias de mañana.
Iremos a visitar a tu viejo profesor de matemáticas
le dibujaremos de ceros todo el cuerpo
violaremos a ese matón del patio que quiso propasarse
le disfrazaremos de piñata y le daremos palos hasta que reviente.
Nena, cariño, no paro de pensar en ello, estás hecha para mi
estás fabricada para esto, me lo ha dicho el Destino.
Ese fuego malévolo en tus ojos, retorcido.
Vamos, hazlo, firma. Llevo esperándote más de una vida,
necesito una Reina con la que gobernar este infierno.
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